Dicen que Belgrano, antes de partir a Buenos Aires -enfermo, empobrecido y humillado-, confesó amargamente a los pocos y fieles amigos que le quedaban la contradicción que sentía entre amar tanto a nuestra pequeña y exuberante provincia y el dolor que le provocaban las traiciones y las deslealtades que había sufrido en sus últimos años de vida en Tucumán.

Una doble carga simbólica deja como legado la vida del prócer.

Por un lado el mal pago que a lo largo de la historia sufrieron los grandes hombres que forjaron la Argentina. Por eso murió hace exactamente 200 años, en la peor de las miserias, el abogado devenido militar que en septiembre de 1812 logró cambiar el curso de la guerra de emancipación americana al frenar en Tucumán el avance realista hacia Buenos Aires. El joven brillante y estudioso que impulsó la ciencia económica en el Río de la Plata era también un alma noble, honesta e incorruptible.

Por otro lado, la lastimera queja sobre la ingratitud y lealtad de los tucumanos es un llamado de atención a la conciencia de los hombres públicos que, como se ve, viene del fondo de la historia.

Ganar, no; seguir, sí

En el siglo pasado, el tiempo caminaba más lento que ahora. Y dos “locos” como Horacio Ferrer y Astor Piazzola podían pasarse horas a la vuelta del piano, con la lapicera en mano, para entregarnos luego su creación. En 1970 sacaron de la galera “La bicicleta blanca”, aquella canción en la que se recrea a un Cristo circulando por Buenos Aires en su biciclo con manubrio hecho con los cuernos de una cabra y ruedas chicas y cuadradas que permitían que la barba se le enredase en el pedal. En aquella metáfora este Mesías se daba fuerzas gritando al pedalear: “¡Dale Dios!… ¡Dale Dios!…/ ¡Meté, flaquito corazón! / Vos sabés que ganar / no está en llegar, sino en seguir…”

Medio siglo después, aquellos versos escritos por un Ferrer y un Piazzola sin barba ni arrugas interpelan a una generación política que trabaja a destajo para construir su triunfo electoral. Que junta dinero para que cuando llegue el momento de votar no le falte ni a él, ni a su gente, ni a los que tiene que convencer.

Los líderes o los principales referentes de la sociedad están todo el día pensando cómo ganar y en cómo llegar y no en seguir. El individualismo no solo es del dirigente, sino de toda una sociedad; y por eso surgen los conductores que sólo miran su entorno. En estos días durante los que se mete a los empleados en el baúl de un auto para violar la ley, porque sólo me interesa mi situación y no la del prójimo, está claro que los dirigentes no puedan construir sus propios liderazgos.

También están los camiones que traen desde el puerto a gente escondida que viene huyendo de Buenos Aires, donde la situación se está poniendo morada.

La historia y la música se encuentran en este siglo de desconcierto.

Pasiones destempladas

Los últimos 40 años de historia provincial parecen reactualizar aquella proverbial sentencia belgraniana sobre la deslealtad como característica de la vida política provincial. Quizás lo sintió así Fernando Riera, desaparecido políticamente luego de que asumió José Domato, a quien impuso en ese cargo. El mismo Domato fue detenido acusado de corrupción, cuando la historia lo recuerda como un hombre honesto y austero. Pero la mise en scène para derrotar a Antonio Bussi requería de ese sacrificio.

Más tarde, Ramón Ortega se desentendió del peronismo que lo había llevado al gobierno y finalizó su gestión entregándole la Provincia a Bussi. El cantautor terminó abandonado a su suerte por Carlos Menem, luego de sus actos de servicio con el riojano, y envuelto en un clima de desconfianza hacia su vicegobernador, Julio Díaz Lozano. Lo demás está más fresco: Julio Miranda acabó en el destierro político que le propinó su sucesor y ahijado político, José Alperovich; y el tres veces gobernador, a su vez, culminó en idéntica situación en manos del político que él supo crear: su delfín Juan Manzur. ¿Teme acaso el actual gobernador que igual futuro le espere si Osvaldo Jaldo accede a la primera magistratura?

Tierra de pasiones destempladas la tucumana, cada vez más atrasada en materia de calidad institucional y de respeto social hacia su sistema de gobierno. La triste historia del final político de Belgrano en la provincia que lo proyectó a la historia… ¿es un ciclo que se reiterará eternamente?

“La bicicleta blanca” de Piazzola y Ferrer le pone música al escenario político provincial -casi congelado en la foto de marzo, cuando se inició la cuarentena-. Esta temporada promete aún muchos capítulos de imprevisibles desenlaces sobre la sucesión del actual gobierno provincial. En esta ochentena hemos visto escenas de amor y desamor, de traición y de declamadas pasiones.

Derrota simbólica

Los días que corren parecen ser el marco del fin de una etapa para el gobierno de Alberto Fernández. Las encuestas y las mediciones de opinión lo preanuncian. La protesta de ayer confirma un malestar que 90 días atrás parecía impensado.

Aquella rapidez de reflejos que caracterizaron los primeros meses del flamante Presidente, parecen haber cedido ante una creciente dificultad para conectarse con el clima social que hoy vive el país.

Vicentin parece ser el ejemplo emblemático de lo que está ocurriendo. Vicentin, como tantos otros temas, sirve para profundizar la famosa e insoportable grieta que Belgrano olfateó hace tantísimas décadas. Por eso, dejando de lado los juicios de uno y otro sector sobre la expropiación de la empresa, pareciera que la improvisación y una innecesaria urgencia determinaron groseros errores políticos y de forma, que en definitiva obligaron al Gobierno nacional a dar marcha atrás, en una indisimulable derrota simbólica.

Todo fue una sucesión de torpezas: empezando por anunciar la expropiación de la empresa más importante de la provincia de Santa Fe sin convocar ni al gobernador, Omar Perotti, ni al dirigente oficialista de mayor peso, el ministro de Defensa Agustín Rossi. Ni hablar de una consulta con el arco opositor. En lugar de ellos, el Presidente presentó con todos los honores a la supuesta arquitecta jurídica de la decisión: la senadora mendocina Anabel Fernández Sagasti. Este hecho sólo puede ser interpretado como un gesto indicativo del origen de la iniciativa: Cristina Fernández de Kirchner.

En el momento de mayor tensión en la negociación con los acreedores de la deuda externa, y cuando el humor social por los estragos económicos y sociales provocados por la pandemia está en su punto más bajo, la jugada de Vicentin no parece tener mucha razonabilidad.

Mucho peor la manera en que se lo comunicó: recargado de una simbología ideológica, cuando hubiese sido más conveniente para el Gobierno poner el acento en la conducta reprochable de los dueños de la empresa que están sospechados de haber fugado el cuantioso monto de préstamos recibidos del Banco de la Nación. Y, allí de nuevo, quedó al desnudo que la intención era muy distinta al declamado salvataje de una firma.

No es sensato pensar que Vicentin represente el Waterloo del Gobierno del Frente de Todos, como algunos agoreros pretenden predecir; pero sí es viable suponer que representa un punto de inflexión que preanuncia la llegada de tiempos difíciles para la coalición oficialista.

El mensaje de la protesta de ayer –más allá de algunos desaforados- está dirigido al Presidente, que a medida que transcurre su gestión aparece más dubitativo y menos independiente. Y no puede olvidar que el perfil moderado y de tranquilidad que promovió en la campaña contribuyó a volcar la balanza de los desilusionados por la gestión de Mauricio Macri. No es un Waterloo -cabe repetir-, pero Alberto debería repasar la estrategia y el movimiento de sus huestes.

Lo curioso es que en estas batallas no hay vencedores. La oposición, especialmente la tucumana, pasa por un desmantelamiento sin igual. No hay quien pueda convocar y que los demás vayan por detrás, tal vez porque aquella maldición de la que se quejaba Belgrano envuelve a todos por igual. Peor aún: cada día que pasa se anota un posible candidato para el futuro. Cuando a ellos se les pregunta qué puede pasar si no logran triunfar y siguen siendo el furgón de cola del peronismo, no saben qué contestar: también están formateados para ganar y no para seguir.

El sociólogo español Manuel Castells advertía ayer en un artículo en el diario La Vanguardia que las especies se reproducen en la medida en que los miembros de una generación cuidan de la supervivencia de sus sucesores, porque si esto no es así se rompe el vínculo cultural y material de la solidaridad. “Es más, la sucesión solidaria de generaciones es lo que permite la transmisión de experiencias, culturas e instituciones. Si se perturba ese equilibro se pone en cuestión la supervivencia de la especie”, escribió.

Tal vez Belgrano le bisbiseó algo desde el más allá.